REFLEXIÓN · MEMORIA · HUMANISMO
Ideas que siguen caminando.
Ensayos nacidos de una conversación, una lectura o una experiencia que se resiste a terminar cuando llega el silencio.
MEMORIA HISTÓRICA FAMILIAR
El envenenador y el médico.
ENSAYO · AMISTAD Y MEMORIA
Los que pasan,
los que quedan
A propósito de la presentación del libro de José Sahui Triay.
Hay personas que nos hablan y no las escuchamos.
Hay personas que nos hieren y no nos dejan cicatriz.
Pero hay personas que simplemente aparecen en nuestra vida
y nos dejan marcados para siempre.
FRASE ATRIBUIDA CON FRECUENCIA A CECÍLIA MEIRELES; AUTORÍA NO CONFIRMADA.
Este texto viene a colación de esa frase. La leí hace unos días, al cerrar mi participación en la presentación del libro de mi amigo José Sahui Triay. No estaba planeado así. Surgió al final, casi como una intuición, para dar sentido a una anécdota improvisada y al espíritu mismo del libro. Y fue entonces cuando entendí que esa frase no se cierra cuando se pronuncia: se queda trabajando dentro de uno.
Empecé a caminar sin rumbo fijo una tarde cualquiera, sin advertir de inmediato que ese acto tan simple tenía algo de despedida. No me alejaba solo de un lugar físico; sin darme cuenta, iba dejando atrás todo lo que había sido hasta entonces. Mi historia entera —lo vivido, lo amado, lo perdido— estaba ahí, quedándose quieta mientras yo avanzaba. Y comprendí que no llevaba más equipaje que mi memoria.
Caminar tiene esa virtud: ordena el pensamiento sin imponerle disciplina. Paso a paso comenzaron a aparecer los rostros. No todos. Solo algunos. Los que de algún modo influyeron en mi manera de mirar, de sentir, de entender la vida. No siempre fueron los más cercanos ni los más duraderos. A veces fueron presencias breves, pero con una intensidad suficiente para quedarse.
Ahí entendí algo que no solemos decir con claridad: no todas las personas que pasan por nuestra vida cumplen la misma función. Hay quienes hablan y no logran atravesarnos. Hay quienes hieren, pero el tiempo se encarga de borrar su paso. Y hay otras —las menos— que, sin proponérselo, sin ruido, sin violencia, se instalan para siempre en algún pliegue de la conciencia.
No permanecen como recuerdos exactos, sino como una forma de reaccionar, de callar, de mirar el mundo. A veces ni siquiera recordamos con precisión qué dijeron o qué hicieron; solo sabemos que después de ellas algo cambió. Como si hubieran escrito una línea invisible en nosotros.
La memoria no es justa ni democrática. Selecciona. Decide. Hay personas que se quedan para toda la vida en nuestro pensamiento, no por lo que fueron objetivamente, sino por lo que despertaron en nosotros. Y hay otras que, aun habiendo compartido años, se diluyen sin dejar rastro.
Tal vez vivir consista en aceptar que no somos una biografía cerrada, sino un texto escrito a muchas manos. Algunas firmaron con tinta indeleble; otras apenas rozaron el papel. Y al caminar —cuando el cuerpo avanza y el pasado se acomoda— uno descubre que no somos solo lo que hicimos, sino también quienes nos atravesaron.
Porque hay personas que pasan.
Y hay personas que quedan.
Y en esa diferencia silenciosa se juega gran parte de lo que somos.
Jorge A. Chanona C.
ENSAYO BREVE · VÍNCULOS HUMANOS
La dificultad
de confiar
La confianza no suele romperse de golpe.
Se desgasta.
No siempre por grandes traiciones, sino por gestos mínimos:
palabras que se postergan, explicaciones que se repiten, presencias que empiezan a faltar aun estando cerca.
Cuando la confianza se resiente, el lenguaje cambia.
Se habla más para decir menos.
Se pregunta donde antes bastaba mirar.
Desconfiar no siempre es reacción al daño; a veces es herencia.
Restos de vínculos anteriores que enseñaron a medir antes de entregarse.
Confiar no es cerrar los ojos.
Es mantenerlos abiertos sin convertir la mirada en vigilancia constante.
Es aceptar el riesgo sin vivir a la defensiva.
Porque el aislamiento protege,
pero también empobrece.
Jorge A. Chanona C.

ENSAYO · IDENTIDAD · CHIAPAS
El apellido
y el lugar
“Antes de ser nombre, fue paisaje.
Antes de ser apellido, fue tierra.”
Un apellido entendido no como etiqueta, sino como procedencia, conducta y territorio.
CHANONA · CHIAPAS
Desde niño entendí que mi nombre no terminaba en mí.
Antes de presentarme, ya era reconocido por el apellido.
Decir Chanona bastaba: no como etiqueta, sino como señal de procedencia.
Hubo quienes, con el paso de los años, pensaron que no era apellido sino apodo. Nunca me incomodó. Al contrario: un apodo también nace del contacto, del reconocimiento, de la cercanía. Y mi apellido parecía tener esa densidad, esa presencia que no necesita explicación.
Siempre me sentí orgulloso de él. No por vanidad, sino por gratitud.
Por mi abuelo, el Dr. Domingo Chanona Rodríguez,
por mi padre, Alberto Chanona Rodríguez.
En ellos entendí que un apellido no se honra con palabras, sino con conducta.
Los apellidos nacieron en la Edad Media como una necesidad práctica: para distinguir a unos de otros. Surgieron del oficio, del lugar, de una característica física, o de la filiación: hijo de alguien. Con el tiempo dejaron de explicar y comenzaron a heredarse, hasta convertirse en identidad.
Cuando investigué el origen de Chanona, apareció un abanico de similitudes: lugares lejanos, palabras que se le asemejan, incluso un nombre femenino en la lengua guanche de Canarias. Pero eran ecos, no raíces. Coincidencias del sonido, no del origen.
Al ir descartando hipótesis, quedó la más sobria y profunda: su origen toponímico.
Porque Chanona no se dispersa.
Existe únicamente en Chiapas.
No migra en los mapas.
Entonces comprendí que no llevaba sólo un apellido, sino un territorio.
No dice qué oficio se ejerció ni de quién se fue hijo,
dice algo más antiguo: dónde se permaneció.
En un tiempo que insiste en reinventarnos cada día, el apellido recuerda que nadie comienza de cero. Que la identidad no se grita ni se exhibe: se habita. Como se habita un lugar.
Chanona, para mí, es eso:
una raíz que no ata,
pero tampoco se arranca.
“Antes de ser nombre, fue paisaje.
Antes de ser apellido, fue tierra.”
Jorge A. Chanona C.
ENSAYO · IDENTIDAD Y GLOBALIZACIÓN
Eso no se
globaliza
“Lo importante del ser humano es estar orgulloso de su identidad.”
ENSAYO · IDENTIDAD Y GLOBALIZACIÓN · IENTIDAD Y GLOBAL

ENSAYO · IDENTIDAD Y AUTENTICIDAD
La esencia del ser humano

“EL HOMBRE HECHO A SÍ MISMO” · BRONCE · ESCULTURA DE BOBBIE CARLYL
«El hombre se hace a sí mismo».
JEAN-PAUL SARTRE
Hace más de 30 años, en una visita a Emiliano Zapata, Tabasco, viví una experiencia que me hizo reflexionar sobre la naturaleza de las relaciones humanas y la identidad personal. Mientras me encontraba en el restaurante del hotel más conocido de la localidad, observé la entrada de un hombre que saludaba a todos con una familiaridad que me resultó curiosa. Le pregunté a mi amigo Ventura quién era, esperando una respuesta que me diera una idea de su relevancia. Su respuesta fue un listado de propiedades y negocios que poseía. Sin embargo, yo no le había preguntado por su balance financiero, sino quién era en esencia.
Este incidente me llevó a reflexionar sobre lo que realmente significa ser humano. En mi camino de regreso a Campeche, pensé en cómo, al ingresar al restaurante del hotel más importante de mi ciudad, la gente a menudo es definida por sus vínculos y posesiones. En lugar de ver a las personas como individuos únicos, tendemos a encasillarlas en categorías basadas en sus relaciones o estatus. Así, la identidad se convierte en una mera etiqueta: “el yerno de”, “el esposo de”, etc.
La conclusión a la que llegué es que, a menudo, los seres humanos nos equivocamos en conceptos que fluyen de nuestra mente, especialmente en lo que respecta a lo que debemos ser. Nos olvidamos de que las personas son indefinibles; mientras que las cosas pueden ser catalogadas y definidas, nosotros somos mucho más que un conjunto de atributos.
Somos un «quién», no un «qué».
Esta distinción es crucial para entender la complejidad de la naturaleza humana.
El verdadero reto que enfrentamos no es simplemente adquirir conocimiento, disfrutar de la vida o acumular riquezas. Estas son metas que, aunque valiosas, no definen nuestra esencia. En cambio, el verdadero desafío radica en la capacidad de esculpir nuestra propia estatua, en ser arquitectos de nuestra identidad y en definirnos a nosotros mismos más allá de las circunstancias externas.
Así, el viaje hacia el autoconocimiento y la autoexpresión se convierte en la verdadera misión del ser humano. En lugar de buscar validación a través de logros materiales o vínculos sociales, deberíamos atrevernos a explorar quiénes somos realmente, a descubrir nuestras pasiones y a vivir de acuerdo con nuestros valores. Al final del día, lo que perdura no son nuestras posesiones ni nuestras relaciones, sino la autenticidad con la que vivimos y nos relacionamos con los demás.
En conclusión, la esencia del ser humano radica en su capacidad para definirse a sí mismo en un mundo que tiende a etiquetarlo. Aprender a esculpir nuestra propia estatua es el camino hacia una vida plena y significativa, donde cada individuo es reconocido por su singularidad y valor intrínseco.
Jorge A. Chanona C.
Lo que aprendí mirando el agua

Lo que aprendí mirando el agua
Las cosas nacen y, mientras avanzan, se transforman.
Como el agua que escurre desde las alturas: al principio apenas un hilo que busca por dónde seguir. Pero en su recorrido se encuentra con otros hilos, se junta con ellos y, casi sin darse cuenta, termina convirtiéndose en arroyo.
Y el arroyo hace camino.
Arrastra tierra, mueve piedras, lleva consigo semillas y fertilidad. A veces se desvía, otras encuentra obstáculos; pero sigue. Y mientras sigue, va transformando cuanto toca, hasta convertir en verdor lo que antes parecía tierra estéril.
Quizá nosotros no seamos tan distintos.
Y ahí, en medio de esta locura metafórica que de vez en cuando me asalta, encuentro una especie de catarsis. Pensarlo me tranquiliza, porque termino comprendiendo algunas cosas que, por sencillas, solemos olvidar.
Que lo bello se nos da gratis.
Aunque para llegar a ser lo que es haya necesitado tiempo, paciencia y todo un proceso que casi nunca vimos.
Que aquello que llamamos problema quizá no lo sea tanto.
A veces ni siquiera existe como lo imaginamos; otras, nació en algún recodo del camino. Y si nació durante el recorrido, seguramente también durante el recorrido podremos encontrarle solución.
Que lo que verdaderamente vale está cerca.
La familia. Los afectos. Los amigos. Lo construido. Lo aprendido. Todo aquello que fuimos dejando detrás de nosotros sin advertir que, en realidad, era lo que íbamos ganando.
Que ser feliz depende, en buena medida, de uno mismo.
Porque la felicidad no parece ser un lugar al que finalmente se llega. Son pequeños destellos, fugaces momentos que aparecen de pronto y que nosotros decidimos reconocer, alimentar y guardar.
Y que hay algo que sí resulta inalcanzable: detener el tiempo.
El agua no puede regresar a la montaña.
Nosotros tampoco podemos volver atrás.
Por eso quizá la vida no consista en intentar detenerla, sino en aprender a recorrerla: aprovechar el instante, mirar lo que tenemos cerca y vivir, mientras podamos, cada segundo con la intensidad de saber que no volverá.
Porque al final, como el agua, también nosotros vamos haciendo camino mientras pasamos.
Jorge A. Chanona C.