Narrativa

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El Maestro

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Clara subió la colina al caer la tarde.

Los niños bajaban corriendo con pedazos de madera bajo el brazo.

—¿Todavía está abierto? —preguntó ella.

Uno de los niños señaló la casa sin detenerse.

La puerta estaba entreabierta. Dentro olía a café y barniz viejo.

El hombre trabajaba inclinado sobre una silla rota.

—¿Qué necesita? —preguntó sin levantar la vista.

Clara tardó en responder.

—No lo sé exactamente.

El hombre siguió lijando la madera.

—Entonces siéntese.

Ella permaneció de pie. Miró el taller: herramientas pequeñas, cuadernos vacíos, hilos enrollados, recipientes con clavos oxidados.

—Me dijeron que usted ayuda a la gente.

El hombre dejó la lija sobre la mesa.

—A veces.

Clara observó sus manos.

Tenía una venda en el dedo índice.

—¿Y qué hace? —preguntó.

El hombre abrió un viejo baúl.

Sacó un cuaderno pequeño y lo puso frente a ella.

—Empiece por esto.

Clara frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

El hombre volvió a la silla.

—La madera tampoco parece gran cosa al principio.

Afuera comenzó a llover.

Clara tomó el cuaderno, pero no escribió nada.

Antes de irse preguntó:

—¿Y si uno se equivoca?

El hombre pasó la mano sobre la madera recién lijada.

—Se vuelve a empezar.

Jorge A. Chanona C

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El jardín de las dos puertas

Hace unos días, platicando en un café, un amigo me preguntó algo simple:

Hace unos días, platicando en un café, un amigo me preguntó algo simple:

—¿Esa canción que escribiste… la viviste?

Se sorprendió.
Y yo también… pero por otra razón:
porque entendí que hoy nos cuesta creer en lo que no hemos vivido.

Por eso escribí esto.

La primera era amplia, luminosa y siempre abierta. Sobre su arco estaba grabada la palabra “Imágenes”. Al cruzarla, el visitante encontraba senderos perfectamente trazados, árboles idénticos, flores siempre en flor. Todo estaba dispuesto con precisión: los colores ya elegidos, los sonidos perfectamente sincronizados, las historias contadas sin dejar espacio al error. Bastaba caminar… y mirar.

La segunda puerta, en cambio, era estrecha y de madera antigua. Su letrero, apenas visible, decía “Palabras”. Crujía al abrirse, y al otro lado no había caminos, ni flores ordenadas, ni paisajes definidos. Solo tierra fértil… y silencio.

Durante años, la mayoría de los visitantes elegía la primera puerta. Era más fácil. No había que pensar hacia dónde ir, ni imaginar qué había detrás de cada rincón. Todo estaba dado, listo, resuelto. Y así, poco a poco, el jardín de las Imágenes se llenó de gente que paseaba sin detenerse demasiado, con la mirada siempre ocupada, pero el espíritu cada vez más quieto.

La segunda puerta quedó casi olvidada.

Sin embargo, algunos pocos —por curiosidad o por una inquietud difícil de explicar— se atrevían a cruzarla. Al principio se sentían perdidos. No había guía, ni forma clara, ni historia evidente. Pero al agacharse y tocar la tierra, algo comenzaba a ocurrir.

Un pensamiento sembraba una raíz.

Una palabra se convertía en un árbol.

Una emoción levantaba un paisaje.

Y entonces comprendían: ese jardín no se contemplaba… se creaba.

Cada visitante lo transformaba de manera distinta. Ningún recorrido era igual a otro. Allí, el cielo podía cambiar de color según la memoria, y los rostros nacían del recuerdo o del deseo. Era un jardín exigente, sí… pero profundamente vivo.

Con el paso del tiempo, algo empezó a notarse.

Quienes solo visitaban el jardín de las Imágenes salían satisfechos, pero olvidaban pronto lo que habían visto. Sus pasos eran ligeros, pero no dejaban huella.

En cambio, quienes cruzaban la puerta de las Palabras regresaban distintos. Caminaban más despacio, como si llevaran dentro algo nuevo. Sus ojos parecían ver más allá de lo evidente. Y en sus manos invisibles, cargaban mundos que nadie más podía ver… pero que existían.

Un día, un viejo guardián del valle escribió en una piedra, entre ambas puertas:

“El primer jardín te muestra lo que otros soñaron. El segundo te obliga a descubrir lo que tú eres capaz de soñar.”

Y aunque la multitud siguió entrando por la puerta más fácil, el jardín de las Palabras nunca murió.

Porque mientras exista alguien dispuesto a imaginar… siempre habrá tierra fértil esperando.

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CRÓNICA DE VIAJE · TAILANDIA, 1988

Texto escrito hace 18 años, recuperado hoy…

Sodoma y Gomorra era Disney World comparado con Pattaya

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JORGE Y LOLINA · VIAJE DE 1988

Eran alrededor de las siete de la mañana. No supimos en qué momento el barco se había detenido por completo, hasta que un perifoneo interno nos despertó anunciando el servicio de lanchas para acercarnos a la costa. Lolina y yo nos apresuramos para intentar ser de los primeros en desembarcar del Sagafjord, el barco que durante casi un lustro, año con año, nos llevó a recorrer distintos tramos de un crucero alrededor del mundo. Ese mismo itinerario lo realizaba también su gemelo, el Vistafjord, junto con el Queen Elizabeth 2.

No tardamos más de cuarenta minutos en estar descendiendo de la lancha en el puerto de Pattaya.

Pattaya es un puerto de Tailandia ubicado en la costa occidental del golfo de Siam, a poco más de cien kilómetros de Bangkok. En aquel entonces, era un lugar particular en todos los sentidos. Su turismo era prácticamente exclusivo de carácter sexual y toda la zona se distinguía por una tolerancia abierta a la prostitución, el consumo de drogas y los excesos de todo tipo. Era un sitio frecuentado por personas con preferencias sexuales diversas. Mi imaginación, casi de inmediato, se trasladó a aquellas películas de Emmanuelle que, además de haber sido filmadas en Tailandia, aludían sin rodeos a ese universo de libertinaje, abuso sexual y consumo de drogas, incluidos los fumaderos de opio.

En su origen, Pattaya había sido un poblado pesquero. Sin embargo, a principios de los años sesenta comenzaron a llegar los primeros soldados estadounidenses que se dirigían a combatir a Vietnam. Encontraron en este lugar un espacio de descanso: playas, alcohol y mujeres. Poco a poco, las casas de los pescadores se transformaron en bares y antros, hasta que el sitio fue adquiriendo la fama que lo marcaría durante décadas.

En aquel entonces —corría el año de 1988— Pattaya no era más que una calle principal que aún existe y que hoy se conoce como Walking Street. Se extendía a lo largo de la playa y estaba flanqueada por edificaciones de todo tipo: algunas construidas con bambú, otras de material. En todas, sin excepción, se ofrecían servicios de masaje, sexo y baños “combinados”, además de bares y lugares donde se organizaban peleas que, en determinadas horas de la noche, podían llegar incluso a la muerte.

Por esos años, Pattaya era el lugar con mayor incidencia de SIDA en todo el mundo. Quienes llegábamos por barco a Tailandia necesariamente teníamos que desembarcar en este puerto. La comida no era confiable para consumirse en cualquier sitio, por lo que había que elegir con cuidado dónde hacerlo. Ya existía entonces un hotel de cinco estrellas, y fue ahí donde por primera vez nos deleitamos con la gastronomía tailandesa. Recuerdo con especial claridad una sopa de pollo con leche de coco, aromatizada con especias: una verdadera delicia para el paladar.

Después de comer, nos trasladamos en vehículo a Bangkok, ciudad que se encontraba aproximadamente a una hora y media de distancia.

Hoy, Pattaya cuenta con cerca de medio millón de habitantes. La prostitución en Tailandia es técnicamente ilegal, pero la realidad demuestra que es ampliamente tolerada, como ocurre en este puerto, donde continúa existiendo un gran número de bares y una promiscuidad presente en muchos aspectos de la vida cotidiana.

En pocas palabras —y no encuentro una mejor manera de decirlo—:

Sodoma y Gomorra eran Disney World comparadas con Pattaya.

Y creo, sinceramente, que lo siguen siendo.

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ITINERARIO MUNDIAL DEL SAGAFJORD · 1988

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DESEMBARCO EN PATTAYA

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UN MERCADO DE TAILANDIA

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KILIMANJARO · TANZANIA

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LOLINA · 6 DE FEBRERO DE 1989

Después vino África, un viaje con Lolina que aún me late en la memoria: la vastedad del Serengueti, las sombras puras de los acacias, el aire tibio que huele a polvo y eternidad.

Allí recordé que Hemingway también caminó esas tierras, enfermo, vulnerable, y que aquel vuelo hacia Nairobi —ese roce con la muerte— le arrancó una claridad que pocos alcanzan despiertos.

Volví entonces a Las verdes colinas de África, a La corta vida feliz de Francis Macomber, y sobre todo a Las nieves del Kilimanjaro, donde un hombre, detenido entre la fiebre y la esperanza, comprende demasiado tarde todo lo que no se atrevió a vivir.

Y pensé en mí.

Porque uno también guarda silencios, deja cosas para después, se inventa excusas pequeñas que se vuelven montañas.

Y sin embargo, al borde de cualquier abismo —real o figurado— la vida nos susurra la misma verdad:

Que el día de partir no nos encuentre lamentando aquello que dejamos sin tocar, sin decir, sin escribir, sin abrazar.

Que no sea la muerte la que venga a recordarnos lo que la vida nos pidió tantas veces.

Hoy lo entiendo mejor:

el presente es el único territorio que realmente poseo, y en él intento caminar con plenitud, con la certeza de que aún tengo algo por hacer, algo por decir, algo por amar.

Y cada día, mientras pueda, quiero que mis pasos honren esa enseñanza sencilla y luminosa que Hemingway dejó en sus páginas y que la vida —siempre generosa— vuelve a poner frente a mí.


una luz un canto un misterio

MEMORIA AUTOBIOGRÁFICA · SERVICIO SOCIAL, 1976

Dzibalchén

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Dzibalchén

Nota editorial: las cifras de población y el periodo transcurrido se conservan como aparecen en el texto original y corresponden al momento en que fue escrito.

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Un joven médico llega a una comunidad rural y encuentra, entre el polvo, el calor y la sencillez, uno de los años más significativos de su vida

Fue a comienzos del año 1976 cuando llegué, con el polvo en los zapatos y el alma expectante, a lo que sería mi destino como médico en servicio social. Dzibalchén, una pequeña comunidad rural anclada casi en el corazón de la península de Yucatán, me recibió bajo un sol implacable, con ese calor de los mil demonios que parece brotar desde las entrañas de la tierra.

Arribé cerca de las once de la mañana. Lo primero que hice fue dirigirme a la Unidad de Salud de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, ubicada en el centro del pueblo. A un costado, se alzaba la parroquia; al otro, un pozo antiguo y profundo, cargado de historia y misterio. De él venía el nombre del lugar: Dzibalchén, que en lengua maya significa “la piedra escrita en el pozo”.

Según cuenta la leyenda, hacia el año 1665, una peregrinación —probablemente proveniente de Bolochén de Rejón— llegó a esta tierra, agotada por la sed. Buscando agua desesperadamente, se toparon con unas piedras cubiertas de glifos mayas. Movidos por la curiosidad, hicieron palanca con un madero y, para su asombro, descubrieron que aquellas piedras cubrían un manantial escondido: un pozo de agua clara, salvadora. Así nació Dzibalchén.

En lo profesional, me convertí en el único médico en muchos kilómetros a la redonda: una responsabilidad inmensa, sí, pero también una experiencia profundamente humana. En lo sentimental, conocí a quien más tarde se convertiría en mi compañera de vida, mi amor de siempre.

Recientemente, al hojear un viejo libro donde aparecieron algunas fotografías de aquel tiempo —tomadas por mí mismo, con una cámara modesta, en medio del camino de terracería que separaba a Dzibalchén de la cabecera municipal, a 40 kilómetros de distancia— me asaltó un dato que me conmovió de manera inesperada. En 1976, esta población contaba con 2,173 habitantes. Hoy, según cifras del INEGI, apenas alcanza los 2,302. Han pasado 41 años, y el pueblo solo ha crecido en 129 almas.

En aquellos días, había un solo teléfono público y una única corrida de camión al día. La tecnología aún no nos alcanzaba. Pero había algo más esencial: el tiempo parecía transcurrir a otro ritmo, más humano, más profundo. Y entre el polvo, el calor y la sencillez de los días, aprendí a mirar la vida con otros ojos.

Por Rocío, mi hermana, en su nombre

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Me tuve que transportar a Chiapas de emergencia.

La noticia cayó como un relámpago mudo: Rocío, mi hermana amada, había partido.

La última de mis hermanos, el lazo vivo que aún me ataba a una infancia compartida, a una complicidad sin pausas.

Nos comunicábamos todo el tiempo, aunque los kilómetros se interpusieran entre nosotros. Nada, nunca, nos separó.

El viaje fue una contradicción hecha carne.

Por un lado, el corazón en duelo, el alma arrugada de tristeza.
Por otro, momentos de luz tibia, como brasas que se niegan a apagarse.

Amigas de toda la vida llegaron a estar con nosotros, como si el cariño antiguo despertara para sostenernos.

El abrazo de esas presencias fue bálsamo inesperado en medio del dolor.

Hubo un instante en que el tiempo se detuvo.

Fuimos a Chiapa de Corzo, buscando un respiro.
Nos sentamos a un lado de la iglesia de Santo Domingo y bebimos pozol de cacao.

La frescura del trago, espeso y ancestral, pareció murmurar algo de consuelo.

El sol se filtraba entre los árboles, y el murmullo de la plaza tejía una tregua breve.

Me tuve que transportar a Chiapas de emergencia.

La noticia cayó como un relámpago mudo: Rocío, mi hermana amada, había partido.

La última de mis hermanos, el lazo vivo que aún me ataba a una infancia compartida, a una complicidad sin pausas.

Nos comunicábamos todo el tiempo, aunque los kilómetros se interpusieran entre nosotros. Nada, nunca, nos separó.

El viaje fue una contradicción hecha carne.

Por un lado, el corazón en duelo, el alma arrugada de tristeza.
Por otro, momentos de luz tibia, como brasas que se niegan a apagarse.

Amigas de toda la vida llegaron a estar con nosotros, como si el cariño antiguo despertara para sostenernos.

El abrazo de esas presencias fue bálsamo inesperado en medio del dolor.

Hubo un instante en que el tiempo se detuvo.

Fuimos a Chiapa de Corzo, buscando un respiro.
Nos sentamos a un lado de la iglesia de Santo Domingo y bebimos pozol de cacao.

La frescura del trago, espeso y ancestral, pareció murmurar algo de consuelo.

El sol se filtraba entre los árboles, y el murmullo de la plaza tejía una tregua breve.

Y con ella, una parte irremplazable de mí.

Nunca hubo distancia real entre nosotros. La voz, el mensaje, el pensamiento… siempre en tránsito de ida y vuelta.

Era mi hermana, sí. Pero también mi espejo, mi cómplice, mi refugio.

Hoy, su ausencia pesa como un cielo nublado que no acaba de llover.

Siento en el alma su partida,
y sin embargo, sé que su nombre seguirá resonando en mi memoria como un canto suave.

Y ahora Rocío vive en mí, en mi recuerdo,
como el pozol frío en la plaza caliente,
como la sombra de la iglesia sobre la tierra,
como un susurro eterno que me dice: no estás solo.

Jorge A. Chanona C.

rocio pozol
rocio santo domingo
rocio pozol jorge
la sombra del altar