CUENTO CORTO · OBRA COMPLETA
El Maestro
VER LA IMAGEN ORIGINAL
Clara subió la colina al caer la tarde.
Los niños bajaban corriendo con pedazos de madera bajo el brazo.
—¿Todavía está abierto? —preguntó ella.
Uno de los niños señaló la casa sin detenerse.
La puerta estaba entreabierta. Dentro olía a café y barniz viejo.
El hombre trabajaba inclinado sobre una silla rota.
—¿Qué necesita? —preguntó sin levantar la vista.
Clara tardó en responder.
—No lo sé exactamente.
El hombre siguió lijando la madera.
—Entonces siéntese.
Ella permaneció de pie. Miró el taller: herramientas pequeñas, cuadernos vacíos, hilos enrollados, recipientes con clavos oxidados.
—Me dijeron que usted ayuda a la gente.
El hombre dejó la lija sobre la mesa.
—A veces.
Clara observó sus manos.
Tenía una venda en el dedo índice.
—¿Y qué hace? —preguntó.
El hombre abrió un viejo baúl.
Sacó un cuaderno pequeño y lo puso frente a ella.
—Empiece por esto.
Clara frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
El hombre volvió a la silla.
—La madera tampoco parece gran cosa al principio.
Afuera comenzó a llover.
Clara tomó el cuaderno, pero no escribió nada.
Antes de irse preguntó:
—¿Y si uno se equivoca?
El hombre pasó la mano sobre la madera recién lijada.
—Se vuelve a empezar.
Jorge A. Chanona C
CUENTO CORTO · MEMORIA FAMILIAR
Las mentiras que nos sostienen
“El tiempo no sólo pule las piedras. También pule los recuerdos.”
Una indagación íntima sobre las historias familiares, las versiones que heredamos y esas verdades imperfectas que a veces nos permiten seguir viviendo.

CUENTO · OBRA COMPLETA
El jardín de las dos puertas
Alegoría sobre la imaginación
Hace unos días, platicando en un café, un amigo me preguntó algo simple:
Hace unos días, platicando en un café, un amigo me preguntó algo simple:
—¿Esa canción que escribiste… la viviste?
Le dije que no.
Que todo era imaginación.
Se sorprendió.
Y yo también… pero por otra razón:
porque entendí que hoy nos cuesta creer en lo que no hemos vivido.
Por eso escribí esto.
Había una vez, en un valle silencioso, un jardín inmenso al que se accedía por dos puertas.
La primera era amplia, luminosa y siempre abierta. Sobre su arco estaba grabada la palabra “Imágenes”. Al cruzarla, el visitante encontraba senderos perfectamente trazados, árboles idénticos, flores siempre en flor. Todo estaba dispuesto con precisión: los colores ya elegidos, los sonidos perfectamente sincronizados, las historias contadas sin dejar espacio al error. Bastaba caminar… y mirar.
La segunda puerta, en cambio, era estrecha y de madera antigua. Su letrero, apenas visible, decía “Palabras”. Crujía al abrirse, y al otro lado no había caminos, ni flores ordenadas, ni paisajes definidos. Solo tierra fértil… y silencio.
Durante años, la mayoría de los visitantes elegía la primera puerta. Era más fácil. No había que pensar hacia dónde ir, ni imaginar qué había detrás de cada rincón. Todo estaba dado, listo, resuelto. Y así, poco a poco, el jardín de las Imágenes se llenó de gente que paseaba sin detenerse demasiado, con la mirada siempre ocupada, pero el espíritu cada vez más quieto.
La segunda puerta quedó casi olvidada.
Sin embargo, algunos pocos —por curiosidad o por una inquietud difícil de explicar— se atrevían a cruzarla. Al principio se sentían perdidos. No había guía, ni forma clara, ni historia evidente. Pero al agacharse y tocar la tierra, algo comenzaba a ocurrir.
Un pensamiento sembraba una raíz.
Una palabra se convertía en un árbol.
Una emoción levantaba un paisaje.
Y entonces comprendían: ese jardín no se contemplaba… se creaba.
Cada visitante lo transformaba de manera distinta. Ningún recorrido era igual a otro. Allí, el cielo podía cambiar de color según la memoria, y los rostros nacían del recuerdo o del deseo. Era un jardín exigente, sí… pero profundamente vivo.
Con el paso del tiempo, algo empezó a notarse.
Quienes solo visitaban el jardín de las Imágenes salían satisfechos, pero olvidaban pronto lo que habían visto. Sus pasos eran ligeros, pero no dejaban huella.
En cambio, quienes cruzaban la puerta de las Palabras regresaban distintos. Caminaban más despacio, como si llevaran dentro algo nuevo. Sus ojos parecían ver más allá de lo evidente. Y en sus manos invisibles, cargaban mundos que nadie más podía ver… pero que existían.
Un día, un viejo guardián del valle escribió en una piedra, entre ambas puertas:
“El primer jardín te muestra lo que otros soñaron. El segundo te obliga a descubrir lo que tú eres capaz de soñar.”
Y aunque la multitud siguió entrando por la puerta más fácil, el jardín de las Palabras nunca murió.
Porque mientras exista alguien dispuesto a imaginar… siempre habrá tierra fértil esperando.
Jorge A. Chanona C.

Carnaval de Campeche, 1976

Lolina I Carnaval de 1976
Crónica de un instante – Carnaval de 1976
Antes de conocerte te adiviné
La presentí, la conocí y después vivimos una aventura que se prolongó en el tiempo y que, hasta el día de hoy, seguimos festejando.
A Lolina la conocí durante el baile de máscaras de su reinado, en aquel Carnaval de Campeche de 1976.
Desde el momento en que la vi no pude dejar de observarla. Bajo los reflectores del reinado, su talle juncal dibujaba una figura que inevitablemente atraía la mirada. Su rostro, enmarcado por una cabellera rubia, tenía una nariz de perfil griego, labios delgados que parecían hechos para acompañar aquella sonrisa extraordinaria y unos ojos azul verdoso, luminosos y profundamente expresivos.
No sé si fue una cosa o fueron todas.
Probablemente fue el conjunto.
El caso es que terminó por encantarme.
Después de aquella noche no volví a verla hasta el martes de Carnaval. Ese día estuvimos juntos hasta que la luz de la mañana terminó por alcanzarnos. Y cuando llegó el momento de despedirnos, casi por instinto, le robé un beso.
Después me fui.
Me esperaba Dzibalchén, aquel poblado donde entonces trabajaba y vivía, cumpliendo mi servicio social como médico.
Tenía 23 años.
Era pasante de Medicina, bohemio, soñador y, aunque todavía no lo sabía, estaba comenzando una historia que habría de acompañarme durante toda la vida.
Días después le llevé serenata.
Y aquel joven médico cantó bajo su ventana unos versos que parecían haber sido escritos exactamente para ese momento:
“Sin saber que existías te deseaba,
antes de conocerte te adiviné;
llegaste en el momento en que te esperaba,
no hubo sorpresa alguna cuando te hallé…”
Había solamente un pequeño problema con la canción: Lolina no tenía los brazos morenos. Los tenía intensamente blancos.
Pero en lo verdaderamente importante, la canción no se equivocaba:
la había hallado.
Y nunca la solté.
Aunque aquella serenata tuvo una historia que durante años nos ha hecho sonreír.
Lolina no escuchó absolutamente nada.
Las únicas que permanecieron detrás de las cortinas, asomadas al balcón y escuchando al enamorado cantar, fueron sus tías Peña.
Yo, naturalmente, me fui bastante contrariado.
Pero al día siguiente la invité a salir.
Cuando pasé por ella ocurrió algo que no esperaba. Lolina me recibió con un beso.
Y entonces —no encuentro una manera más fiel de contarlo— se me encendió todo el tablero.
Una luz detrás de otra.
Hasta que aquello comenzó a incendiarse por completo.
Y como no encontré otra manera de apagar semejante incendio, recurrí exactamente a lo mismo que lo había provocado:
sus labios volvieron a encontrar los míos y se fundieron en un beso interminable.
Tal vez fue ahí, en ese instante, cuando comprendí que algunas historias no comienzan cuando uno las decide.
Simplemente suceden.
Y de aquel recuerdo nació una canción que escribí para la mujer que, tantos años después, continúa siendo mi compañera de vida:
Fue inevitable, sí, fue inevitable,
adondequiera que me veías me sonreías,
y yo hacía lo que fuese por buscarte.
Fue inevitable, sí, fue inevitable,
que tus labios y los míos
se fundieran en un beso interminable.
Han pasado cincuenta años desde aquel Carnaval de 1976.
Cincuenta años desde aquel joven médico que salió de Dzibalchén para llevar una serenata que la destinataria nunca escuchó.
Cincuenta años desde aquellas tías detrás de las cortinas.
Desde aquel beso inesperado.
Desde aquel tablero encendido.
Y este próximo 3 de septiembre cumpliremos 49 años de casados.
Cuando miro hacia atrás, pienso que quizá aquella canción que canté bajo su ventana tenía razón desde el principio.
Porque hay personas que uno conoce cuando aparecen.
Y hay otras que, de alguna manera inexplicable, parece que uno ya estaba esperando mucho antes de conocerlas.
A Lolina, quizá, yo ya la había adivinado.
Jorge A. Chanona C.
CRÓNICA DE VIAJE · TAILANDIA, 1988
Texto escrito hace 18 años, recuperado hoy…
Sodoma y Gomorra era Disney World comparado con Pattaya

JORGE Y LOLINA · VIAJE DE 1988
Eran alrededor de las siete de la mañana. No supimos en qué momento el barco se había detenido por completo, hasta que un perifoneo interno nos despertó anunciando el servicio de lanchas para acercarnos a la costa. Lolina y yo nos apresuramos para intentar ser de los primeros en desembarcar del Sagafjord, el barco que durante casi un lustro, año con año, nos llevó a recorrer distintos tramos de un crucero alrededor del mundo. Ese mismo itinerario lo realizaba también su gemelo, el Vistafjord, junto con el Queen Elizabeth 2.
No tardamos más de cuarenta minutos en estar descendiendo de la lancha en el puerto de Pattaya.
Pattaya es un puerto de Tailandia ubicado en la costa occidental del golfo de Siam, a poco más de cien kilómetros de Bangkok. En aquel entonces, era un lugar particular en todos los sentidos. Su turismo era prácticamente exclusivo de carácter sexual y toda la zona se distinguía por una tolerancia abierta a la prostitución, el consumo de drogas y los excesos de todo tipo. Era un sitio frecuentado por personas con preferencias sexuales diversas. Mi imaginación, casi de inmediato, se trasladó a aquellas películas de Emmanuelle que, además de haber sido filmadas en Tailandia, aludían sin rodeos a ese universo de libertinaje, abuso sexual y consumo de drogas, incluidos los fumaderos de opio.
En su origen, Pattaya había sido un poblado pesquero. Sin embargo, a principios de los años sesenta comenzaron a llegar los primeros soldados estadounidenses que se dirigían a combatir a Vietnam. Encontraron en este lugar un espacio de descanso: playas, alcohol y mujeres. Poco a poco, las casas de los pescadores se transformaron en bares y antros, hasta que el sitio fue adquiriendo la fama que lo marcaría durante décadas.
En aquel entonces —corría el año de 1988— Pattaya no era más que una calle principal que aún existe y que hoy se conoce como Walking Street. Se extendía a lo largo de la playa y estaba flanqueada por edificaciones de todo tipo: algunas construidas con bambú, otras de material. En todas, sin excepción, se ofrecían servicios de masaje, sexo y baños “combinados”, además de bares y lugares donde se organizaban peleas que, en determinadas horas de la noche, podían llegar incluso a la muerte.
Por esos años, Pattaya era el lugar con mayor incidencia de SIDA en todo el mundo. Quienes llegábamos por barco a Tailandia necesariamente teníamos que desembarcar en este puerto. La comida no era confiable para consumirse en cualquier sitio, por lo que había que elegir con cuidado dónde hacerlo. Ya existía entonces un hotel de cinco estrellas, y fue ahí donde por primera vez nos deleitamos con la gastronomía tailandesa. Recuerdo con especial claridad una sopa de pollo con leche de coco, aromatizada con especias: una verdadera delicia para el paladar.
Después de comer, nos trasladamos en vehículo a Bangkok, ciudad que se encontraba aproximadamente a una hora y media de distancia.
Hoy, Pattaya cuenta con cerca de medio millón de habitantes. La prostitución en Tailandia es técnicamente ilegal, pero la realidad demuestra que es ampliamente tolerada, como ocurre en este puerto, donde continúa existiendo un gran número de bares y una promiscuidad presente en muchos aspectos de la vida cotidiana.
En pocas palabras —y no encuentro una mejor manera de decirlo—:
Sodoma y Gomorra eran Disney World comparadas con Pattaya.
Y creo, sinceramente, que lo siguen siendo.
Jorge A. Chanona C.

ITINERARIO MUNDIAL DEL SAGAFJORD · 1988

DESEMBARCO EN PATTAYA

UN MERCADO DE TAILANDIA

MEMORIA AUTOBIOGRÁFICA · OBRA CENTRAL
Cantos rodados
“No todo lo que el tiempo desgasta se pierde.”
El río, el duelo y una lección del padre que solo terminó de comprenderse muchos años después.
EN MEMORIA DE: LUIS ALBERTO CHANONA RODRÍGUEZ
Volví al río el día que enterramos a mi padre.
No fue un regreso planeado. Fue una necesidad muda, como si el cuerpo supiera antes que la mente adónde ir cuando algo se rompe por dentro. La casa quedó llena de voces bajas, de sillas moviéndose despacio, de pésames que no alcanzaban. Salí sin decir mucho. Caminé hasta el cauce, siguiendo una memoria antigua.
El río seguía ahí.
El mismo rumor. La misma paciencia.
Me senté en la orilla y dejé que el agua me hablara en un idioma sin palabras. Metí la mano entre la corriente fría y toqué las piedras del fondo. Todas eran lisas, redondeadas, sin bordes. Tomé una y la sostuve largo rato. No cortaba. No hería. No imponía. Simplemente estaba.
Mi padre decía que esas piedras no nacían así.
Sabía de lo que hablaba: la geología y la geografía eran su territorio. Desde la cátedra —con voz firme y paciencia de maestro— explicaba cómo el tiempo y el movimiento transforman la materia sin destruirla.
—Antes fueron rocas filosas —me decía—, pero el agua las golpea, las arrastra, las hace chocar unas con otras hasta que aprenden a ceder. No se rompen: se transforman. Se vuelven cantos rodados.
Hoy, con la piedra en la mano, entendí que aquella lección no era solo del río ni de sus clases: era de su vida.
Mi padre fue duro sin ser cruel. Exacto sin ser frío. Amó con pocas palabras, pero con actos que pesaban. Y la vida también lo arrastró: le quitó cosas, le cambió planes, le puso días de fatiga y noches largas. Nunca lo vi pedir tregua. Solo avanzar. Como el agua.
Yo, en cambio, fui una piedra áspera durante muchos años.
Tuve bordes afilados: orgullo, prisa, miedo. Herí sin darme cuenta. Me defendí de más. Creí que resistir era endurecerse. Y la vida hizo lo suyo: me empujó de un lado a otro, me golpeó contra pérdidas, mudanzas, silencios, despedidas.
Ahí, frente al río, con el peso reciente de la muerte de mi padre en el pecho, entendí algo simple y brutal:
no todo lo que el tiempo desgasta se pierde.
Algunas cosas, al perder aristas, se vuelven más verdaderas.
No se vuelven menos fuertes: se vuelven habitables.
La corriente siguió su curso sin detenerse a acompañarme. No por indiferencia, sino porque el río no consuela: enseña. Deposita lo que ya no necesita y continúa. En su movimiento constante hay una promesa: nada termina del todo, solo cambia de forma.
Miré la piedra otra vez. Pensé en mi padre dentro de esa metáfora: en todo lo que la vida le quitó sin derrotarlo. Pensé en mí: en cómo la ausencia me estaba puliendo en ese instante, a la fuerza, como el agua pule las rocas.
No guardé la piedra.
La devolví al río con un gesto lento, como quien entrega una palabra a tiempo. Algunas cosas no se poseen: se comprenden. Algunas despedidas no se pronuncian: se dejan ir.
Me levanté. Respiré hondo.
Sentí que algo en mí, sin que yo lo pidiera, empezaba a acomodarse.
El río siguió su camino.
Yo también.
Ya sin bordes.
Ya sin prisa.
Con el duelo al hombro
y el corazón, por fin, redondeándose.
Como un canto rodado.
Jorge A. Chanona C.
MEMORIA AUTOBIOGRÁFICA · 6 DE DICIEMBRE DE 1972
La raíz que
no se extingue
“Que su ausencia siga siendo guía, no dolor.”

Hace cincuenta y tres años, salía del Hospital General de la S.S.A., aquel hospital viejo de la avenida Cuauhtémoc —el mismo que cayó con el temblor del 85— donde hacía mis actividades como estudiante. Eran alrededor de las 13:30 horas del 6 de diciembre de 1972. Yo venía contrariado, tocado por la noticia amarga de la mañana: un niño que se había ganado el corazón de toda la unidad de cardiología no resistió el cateterismo. Esas muertes pequeñas —pero inmensas— son heridas que uno guarda incluso sin querer.
Caminé hacia la estación del Metro Hospital General, en la calle de Dr. Pasteur, justo frente a la entrada de personal. Entré a la estación con el cansancio del día y tomé el tren que me llevaría a transbordar en Pino Suárez, donde tenía que seguir rumbo al restaurante de mi hermana Viole. En ese submundo de pasillos, sombras y pasos, algo llamó mi atención: un periódico de Excélsior Últimas Noticias, de esos que se vendían dentro del metro. En su primera columna anunciaba la muerte del general Humberto Mariles en una prisión de París.
No imaginaba que ese detalle, insignificante en apariencia, quedaría ligado para siempre a una noticia infinitamente más profunda, más mía, más definitiva.
Hoy, al detenerme frente al calendario, vuelvo a sentir aquella sacudida interior. Un solo número, una fecha quieta, tiene todavía la fuerza de abrirme la memoria y llevarme de regreso al día en que mi padre murió.
Yo tenía veinte años. Él, ochenta.
Hijo de viejo —decían—, pero yo sabía que no era solo un padre tardío: era mi raíz, mi sostén, mi brújula.
Aquella mañana interrumpí los exámenes, interrumpí mi juventud, interrumpí la ingenua creencia de que la vida obedecía a mis planes. Basta una llamada para alterar para siempre el orden de las cosas. Y ese instante —tan breve y tan absoluto— me partió la existencia en dos mitades.
A pesar de que su fuerza ya era la de un hombre mayor, la muerte me cayó encima como algo incomprensible. El corazón se me volvió un cuarto lleno de sombras que respiraban, y la mente un torbellino que no hallaba dónde posarse. Nunca se está preparado para perder al padre, aunque sepamos que tiene ochenta años.
Nunca.
Desde aquel día tuve que empezar de nuevo. Trabajar mientras estudiaba. Mirar el mundo con otra luz, más dura, más verdadera.
Y, sin embargo, algo de él siguió conmigo: la firmeza de sus pasos, la manera digna en que aceptaba el tiempo, la forma discreta en que ofrecía su presencia sin exigir nada a cambio.
Lo que me dejó no fue un recuerdo: fue un cimiento.
Una raíz profunda que, aun en la ausencia, me sostuvo.
Una presencia que no necesita cuerpo para seguir alumbrando.
Porque a veces —sobre todo en días como este— siento que sigo caminando guiado por la misma mano que un día dejé de tocar.
“Que su ausencia siga siendo guía, no dolor.”
Jorge A. Chanona C.

LA MEMORIA ABRE DE NUEVO EL HORIZONTE

LA AUSENCIA CONVERTIDA EN GUÍA
MEMORIA DE VIAJE Y LECTURA · ÁFRICA, 1989
El instante que
me pertenece
“Porque vivir no es durar,
es atreverme.”


KILIMANJARO · TANZANIA

LOLINA · 6 DE FEBRERO DE 1989
Las lecturas de Hemingway regresan desde La Habana y África para recordar que el presente es el único territorio que poseemos.
EN LAS FALDAS DEL KILIMANJARO · 6 DE FEBRERO DE 1989
Hoy, al ver esas fotos que subí hace tantos años a Facebook, sentí que el tiempo me hablaba.
Volvieron La Habana del 85, los amigos, la brisa salada, y aquel primer encuentro con El viejo y el mar, como si Hemingway me hubiera guiado la mano cuando abrí sus páginas por primera vez.
Después vino África, un viaje con Lolina que aún me late en la memoria: la vastedad del Serengueti, las sombras puras de los acacias, el aire tibio que huele a polvo y eternidad.
Allí recordé que Hemingway también caminó esas tierras, enfermo, vulnerable, y que aquel vuelo hacia Nairobi —ese roce con la muerte— le arrancó una claridad que pocos alcanzan despiertos.
Volví entonces a Las verdes colinas de África, a La corta vida feliz de Francis Macomber, y sobre todo a Las nieves del Kilimanjaro, donde un hombre, detenido entre la fiebre y la esperanza, comprende demasiado tarde todo lo que no se atrevió a vivir.
Y pensé en mí.
Porque uno también guarda silencios, deja cosas para después, se inventa excusas pequeñas que se vuelven montañas.
Y sin embargo, al borde de cualquier abismo —real o figurado— la vida nos susurra la misma verdad:
Aprovecha el ahora.
No desperdicies tus horas.
Haz lo que amas,
lo que te enciende,
lo que te nombra.
Que el día de partir no nos encuentre lamentando aquello que dejamos sin tocar, sin decir, sin escribir, sin abrazar.
Que no sea la muerte la que venga a recordarnos lo que la vida nos pidió tantas veces.
Hoy lo entiendo mejor:
el presente es el único territorio que realmente poseo, y en él intento caminar con plenitud, con la certeza de que aún tengo algo por hacer, algo por decir, algo por amar.
Porque vivir no es durar,
es atreverme.
No es esperar,
es hacerlo.
Y cada día, mientras pueda, quiero que mis pasos honren esa enseñanza sencilla y luminosa que Hemingway dejó en sus páginas y que la vida —siempre generosa— vuelve a poner frente a mí.
Jorge A. Chanona C.
CUENTO BREVE · FÁBULA Y PRUDENCIA
Una luz, un canto, un misterio
Cuento breve inspirado en una fábula de Jorge A. Chanona C.
La fábula original fue publicada hace diez años. Este cuento nació de aquella misma raíz.

FOTO: ESTEBAN SAAVEDRA DEL RAYO
La noche había caído sobre la ciénaga con su aliento húmedo y frío. Todo era sombra y quietud. El bullicio del día se había desvanecido, y en su lugar, un silencio espeso envolvía la vegetación. Solo el croar de una rana rompía la calma, un sonido grave que parecía nacer desde el fondo de la tierra.
Oculta entre las hojas, la rana observaba con fijeza a una luciérnaga que, como una chispa errante, dejaba escapar pulsos de luz entre la oscuridad. Su brillo era hermoso… y peligroso. La rana, glotona por instinto, se preparaba para atraparla.
Pero la luciérnaga, que no era tan ingenua como parecía, percibió el acecho. En un acto de astucia ancestral, apagó su luz. Y en la negrura de la noche, se volvió invisible.
La rana, desconcertada por la desaparición del destello, desvió entonces su atención hacia el canto de un grillo. Un sonido agudo, vibrante, que retumbaba entre las ramas.
Sin embargo, aunque el canto era claro, encontrar al grillo resultó imposible. Su chirrido se esparcía en el aire como un eco esquivo. Y la rana, con toda su paciencia, comenzó a entender algo más profundo que el hambre.
Miró su entorno, y por primera vez, no como cazadora, sino como testigo.
Cada criatura de la ciénaga poseía un recurso invisible, una estrategia de protección. La luciérnaga sabía cuándo brillar. El grillo, cuándo cantar. Incluso ella misma, aunque sonora, era casi indetectable entre las hojas y sabía ocultarse bajo el agua por horas si era necesario.
Y entonces lo comprendió:
Que en un mundo lleno de ojos hambrientos, de oídos atentos y bocas abiertas,
la prudencia no es cobardía,
es sabiduría.
Hay que brillar solo cuando es necesario.
Hay que cantar solo cuando el alma lo pide.
Hay que mostrarse solo cuando el momento lo exige.
Porque —pensó la rana— «cuando hay demasiada familiaridad… nace el menosprecio».
Jorge A. Chanona C.
MEMORIA AUTOBIOGRÁFICA · SERVICIO SOCIAL, 1976
Dzibalchén

DZIBALCHÉN, CAMPECHE · ARCHIVO PERSONAL · 1976
Dzibalchén
«La piedra escrita en el pozo»
Nota editorial: las cifras de población y el periodo transcurrido se conservan como aparecen en el texto original y corresponden al momento en que fue escrito.




Un joven médico llega a una comunidad rural y encuentra, entre el polvo, el calor y la sencillez, uno de los años más significativos de su vida
Fue a comienzos del año 1976 cuando llegué, con el polvo en los zapatos y el alma expectante, a lo que sería mi destino como médico en servicio social. Dzibalchén, una pequeña comunidad rural anclada casi en el corazón de la península de Yucatán, me recibió bajo un sol implacable, con ese calor de los mil demonios que parece brotar desde las entrañas de la tierra.
Arribé cerca de las once de la mañana. Lo primero que hice fue dirigirme a la Unidad de Salud de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, ubicada en el centro del pueblo. A un costado, se alzaba la parroquia; al otro, un pozo antiguo y profundo, cargado de historia y misterio. De él venía el nombre del lugar: Dzibalchén, que en lengua maya significa “la piedra escrita en el pozo”.
Según cuenta la leyenda, hacia el año 1665, una peregrinación —probablemente proveniente de Bolochén de Rejón— llegó a esta tierra, agotada por la sed. Buscando agua desesperadamente, se toparon con unas piedras cubiertas de glifos mayas. Movidos por la curiosidad, hicieron palanca con un madero y, para su asombro, descubrieron que aquellas piedras cubrían un manantial escondido: un pozo de agua clara, salvadora. Así nació Dzibalchén.
Ese año fue, sin exagerar, uno de los más significativos y hermosos de mi vida.
En lo profesional, me convertí en el único médico en muchos kilómetros a la redonda: una responsabilidad inmensa, sí, pero también una experiencia profundamente humana. En lo sentimental, conocí a quien más tarde se convertiría en mi compañera de vida, mi amor de siempre.
Recientemente, al hojear un viejo libro donde aparecieron algunas fotografías de aquel tiempo —tomadas por mí mismo, con una cámara modesta, en medio del camino de terracería que separaba a Dzibalchén de la cabecera municipal, a 40 kilómetros de distancia— me asaltó un dato que me conmovió de manera inesperada. En 1976, esta población contaba con 2,173 habitantes. Hoy, según cifras del INEGI, apenas alcanza los 2,302. Han pasado 41 años, y el pueblo solo ha crecido en 129 almas.
En aquellos días, había un solo teléfono público y una única corrida de camión al día. La tecnología aún no nos alcanzaba. Pero había algo más esencial: el tiempo parecía transcurrir a otro ritmo, más humano, más profundo. Y entre el polvo, el calor y la sencillez de los días, aprendí a mirar la vida con otros ojos.
Jorge A. Chanona C.
MEMORIA ELEGÍACA · AMOR ENTRE HERMANOS
Por Rocío, mi hermana, en su nombre

ROCÍO Y JORGE · ARCHIVO FAMILIAR
Me tuve que transportar a Chiapas de emergencia.
La noticia cayó como un relámpago mudo: Rocío, mi hermana amada, había partido.
La última de mis hermanos, el lazo vivo que aún me ataba a una infancia compartida, a una complicidad sin pausas.
Nos comunicábamos todo el tiempo, aunque los kilómetros se interpusieran entre nosotros. Nada, nunca, nos separó.
El viaje fue una contradicción hecha carne.
Por un lado, el corazón en duelo, el alma arrugada de tristeza.
Por otro, momentos de luz tibia, como brasas que se niegan a apagarse.
Amigas de toda la vida llegaron a estar con nosotros, como si el cariño antiguo despertara para sostenernos.
El abrazo de esas presencias fue bálsamo inesperado en medio del dolor.
Hubo un instante en que el tiempo se detuvo.
Fuimos a Chiapa de Corzo, buscando un respiro.
Nos sentamos a un lado de la iglesia de Santo Domingo y bebimos pozol de cacao.
La frescura del trago, espeso y ancestral, pareció murmurar algo de consuelo.
El sol se filtraba entre los árboles, y el murmullo de la plaza tejía una tregua breve.
Me tuve que transportar a Chiapas de emergencia.
La noticia cayó como un relámpago mudo: Rocío, mi hermana amada, había partido.
La última de mis hermanos, el lazo vivo que aún me ataba a una infancia compartida, a una complicidad sin pausas.
Nos comunicábamos todo el tiempo, aunque los kilómetros se interpusieran entre nosotros. Nada, nunca, nos separó.
El viaje fue una contradicción hecha carne.
Por un lado, el corazón en duelo, el alma arrugada de tristeza.
Por otro, momentos de luz tibia, como brasas que se niegan a apagarse.
Amigas de toda la vida llegaron a estar con nosotros, como si el cariño antiguo despertara para sostenernos.
El abrazo de esas presencias fue bálsamo inesperado en medio del dolor.
Hubo un instante en que el tiempo se detuvo.
Fuimos a Chiapa de Corzo, buscando un respiro.
Nos sentamos a un lado de la iglesia de Santo Domingo y bebimos pozol de cacao.
La frescura del trago, espeso y ancestral, pareció murmurar algo de consuelo.
El sol se filtraba entre los árboles, y el murmullo de la plaza tejía una tregua breve.
Pero se me fue Rocío.
Y con ella, una parte irremplazable de mí.
Nunca hubo distancia real entre nosotros. La voz, el mensaje, el pensamiento… siempre en tránsito de ida y vuelta.
Era mi hermana, sí. Pero también mi espejo, mi cómplice, mi refugio.
Hoy, su ausencia pesa como un cielo nublado que no acaba de llover.
Siento en el alma su partida,
y sin embargo, sé que su nombre seguirá resonando en mi memoria como un canto suave.
Porque el amor entre hermanos no termina.
Solo cambia de forma.
Y ahora Rocío vive en mí, en mi recuerdo,
como el pozol frío en la plaza caliente,
como la sombra de la iglesia sobre la tierra,
como un susurro eterno que me dice: no estás solo.
Q. E. P. D., mi Chío adorada.
Jorge A. Chanona C.



CUENTO CORTO · 6 DE DICIEMBRE DE 2024
La sombra del altar
En la antigua Ciudad Real, deseo, culpa y silencio se encuentran bajo la mirada inmóvil de un altar.

En los altos de Chiapas se encontraba Ciudad Real, cuando el sol rompía el cenit con su filo ardiente, las campanas de la iglesia mayor convocaban no solo a los vivos, sino también a las sombras. La piedra antigua de sus muros absorbía siglos de murmullos y letanías, pero había un suspiro, uno solo, que rompía el aire con persistencia inquietante. No venía del viento ni del tiempo: era el padre Juan Canul, absorto, hundido en las tinieblas del coro alto, solo frente a su Juez.
Desde lo alto contemplaba el mundo como si ya no le perteneciera. Atrás quedaba el muchacho escuálido que, en la víspera de las festividades, lustraba lámparas y esparcía juncia en el suelo de la iglesia. Ahora, sacerdote de alma sombría, encontraba su único refugio en esa penumbra donde la gracia se confundía con la culpa.
Durante la temporada del nance y la ciruela, cuando el campo ofrecía sus frutos dulces y ásperos, Canul descendía del púlpito a la tierra, recogía los frutos con manos rudas y luego, como los antiguos, cocinaba con leña el jarabe que los contenía. Aquel dulce rústico que ofrecía a los niños del barrio parecía una limosna inocente, pero en él hervía la misma pasión contenida que lo roía por dentro.
El motivo tenía nombre: Noémi.
Ella llegaba a la iglesia cada día, sin falta. Se arrodillaba en la banca de madera con la devoción precisa, con el rezo mecánico de quienes ocultan fuego bajo el manto. Para el sacerdote, su presencia era un cuchillo lento: la tenía cerca, tan cerca, y jamás la tocaría. Cada pliegue del vestido, cada respiración contenida, era una trampa en la que su voluntad flaqueaba.
—Está herida —se decía en secreto, con la voz del cazador paciente—. Y cuando la presa está herida, pide gracia…
Recordaba, con un dejo de crueldad amarga, los cuerpos prohibidos que había poseído en su juventud. Mujeres casadas, algunas con hombres jóvenes, otras con sombras de hombres. Pero ninguna lo había torturado como Noémi. No era suya y, sin embargo, acudía cada día, como una perdiz hipnotizada por la sombra de una lámpara.
El joven doctor de la ciudad también la había visto. Noémi era objeto de otro deseo, más descarado, más urgente. El médico no creía en la fe, conocía bien a las devotas: mujeres que jugaban al borde del pecado, como quien roza el fuego con un dedo para sentir que aún vive. Para él, Noémi no era más que otra pieza en el juego. Ya la imaginaba suya, esperando que el esposo muriera.
Pero Canul conocía otra ley. La de los silencios, la de los votos no pronunciados. Esperaba. Esperaba como un jaguar en la espesura, en silencio, con los ojos clavados en la presa.
Y mientras tanto, la campana de la iglesia, puntual y despiadada, seguía marcando el paso del tiempo. El marido de Noémi agonizaba. El doctor hacía planes. Y Juan Canul rezaba. Rezaba como quien no pide perdón, sino permiso.
El día en que el marido de Noémi murió, no hubo repiques festivos. Solo la campana mayor, que tañó a muerto con un ritmo seco, como si hubiera estado esperando esa noticia tanto como el doctor… y como el propio padre Canul.
El cortejo fúnebre cruzó la plaza bajo el sol vertical. Noémi caminaba detrás del ataúd sin lágrimas, con el rostro velado, pero la mirada limpia. Había en ella una calma que descolocaba. Ni desesperación ni alivio. Solo una aceptación densa, como si hubiese vivido la muerte mucho antes de que ocurriera.
El joven doctor, vestido de luto apenas simulado, se mantenía al borde de la multitud, sin atreverse a acercarse. Canul, desde el atrio, la miraba. No como un sacerdote da el pésame, sino como un hombre que espera que el último velo de la virtud caiga al fin.
Esa misma noche, Noémi volvió a la iglesia.
Entró sola, como siempre, en la penumbra apenas templada por las velas. El silencio era casi total, pero no vacío: pesaba. Canul, que aún estaba en el coro, la vio sentarse en su banca habitual. No se arrodilló. No hizo el menor gesto de oración. Solo se quedó ahí, inmóvil.
El cura descendió. El sonido de sus pasos sobre la piedra llenó el templo como si despertara siglos dormidos. Se acercó a ella. No dijo nada. Se sentó a su lado, por primera vez en todos esos años, sin distancia.
—¿Por qué vienes? —preguntó, sin voz de sacerdote.
Noémi lo miró con una serenidad que no parecía humana.
—Porque aquí es donde aprendí a callar.
Él bajó la mirada. En ese instante comprendió que ella nunca fue suya, ni del doctor, ni siquiera del marido muerto. Era de sí misma. Y de un Dios silencioso que no hablaba, pero que tampoco se dejaba usar.
Canul sintió entonces un vértigo: no de pasión, sino de pérdida. El deseo, creía, lo había hecho esperar; pero lo que realmente lo mantenía cautivo era el miedo. Noémi no era una perdiz herida. Era el cazador invisible.
La mujer se levantó. Se fue sin mirar atrás. El sacerdote la vio alejarse entre las sombras como si nunca hubiera estado allí. A la semana, supo por una anciana que Noémi se había marchado del pueblo. Nadie sabía a dónde. Ni dejó cartas, ni despedidas.
El doctor no volvió a mencionarla. Se casó con una mujer de Tuxtla y terminó poniendo una botica en Comitán.
Y Canul siguió allí, entre fogones y frascos de dulce, entre ciruelas y letanías. Más viejo, más solo, más silencioso. Pero cada vez que la luz de la tarde entraba por los vitrales y llenaba la nave vacía, el cura sentía un leve temblor. Como el suspiro de alguien que alguna vez respiró muy cerca de él.
Nunca volvió a sentarse en esa banca.
JORGE A. CHANONA C. 6 / 12 / 2024

