MEMORIA HISTÓRICA FAMILIAR · TUXTLA GUTIÉRREZ
El envenenador y el médico
Sombras de traición en la historia de Tuxtla Gutiérrez

Este relato presenta los hechos según la memoria transmitida por la familia. Su fuente declarada es «Historia de familia».
Donde una vida fue segada con 33 puñaladas, otra se consagró a sanar.
I. El pueblo sin médicos y el culto a San Pascualito
Hasta bien entrado el siglo XIX, Tuxtla Gutiérrez vivía sin la presencia de un médico titulado. Las dolencias del cuerpo se aliviaban, o al menos se sobrellevaban, con las hierbas que la tradición había consagrado como milagrosas, con el tacto sanador de los curanderos y, sobre todo, con la fe. La enfermedad no era solo un enemigo físico, sino una prueba espiritual, y la muerte, lejos de ser un evento trágico, se integraba a la vida cotidiana con resignación ritual.
En ese tiempo, el pueblo depositaba su confianza en una figura mística: San Pascualito, el santo esqueleto, patrono de la muerte buena, el último recurso de los moribundos. Se le rendía culto en una pequeña ermita al sur poniente del pueblo, donde los enfermos se postraban entre súplicas y promesas, esperando una curación divina o, en su defecto, una muerte sin sufrimiento. En la ausencia de médicos, el consuelo llegaba en la forma de un rezo o en la administración de pócimas cuya eficacia dependía más de la fe que de la ciencia.
Era un tiempo de sombras, en el que la línea entre la superstición y la medicina se difuminaba con facilidad. La llegada de un médico titulado parecía un sueño lejano, hasta que el abogado Mariano Rodríguez Castillejos tomó la iniciativa de cambiar la historia.
II. La llegada de un médico: esperanza traicionada
El Lic. Mariano Rodríguez era un hombre de ideas modernas, convencido de que la educación y la ciencia podían transformar la realidad de su pueblo. Había estudiado en la universidad, donde compartió aulas con un hombre que, en ese momento, parecía destinado a grandes cosas: el Dr. Quirino Flores. Mariano se graduó en leyes, Quirino en medicina, y entre ellos se forjó una amistad que parecía inquebrantable.
Cuando Mariano regresó a Tuxtla, se encontró con la realidad cruda: la ausencia de un médico titulado condenaba a los habitantes a morir de enfermedades prevenibles. Fue entonces cuando tuvo una idea: convencer a su amigo de mudarse a Tuxtla y ejercer la medicina en la comunidad que tanto lo necesitaba.
Al principio, el plan funcionó. El Dr. Quirino Flores llegó al pueblo y comenzó a atender pacientes. Se convirtió en el primer médico titulado en Tuxtla Gutiérrez, un hombre que, al menos en apariencia, traía consigo el conocimiento de la ciencia médica para sustituir la dependencia en los curanderos y en la incierta misericordia de San Pascualito.
Pero la historia rara vez sigue el camino de las buenas intenciones.
Poco después de su llegada, el Dr. Flores se alejó de la medicina y se sumergió en el torbellino de la política. Se unió a las filas del general Pantaleón Domínguez, un hombre cuya ambición no conocía límites, y pronto se convirtió en su brazo ejecutor. De ser el portador de la salud, pasó a ser el portador de la muerte. Se decía en voz baja que tenía un conocimiento peligroso sobre venenos, que en sus manos la ciencia médica se transformaba en un arma letal.
El pueblo comenzó a mirarlo con recelo. Se le susurraban acusaciones que no se pronunciaban en público: “envenenador”, decían algunos. No estaba claro cuántas muertes llevaban su firma oculta, pero todos sabían que su lealtad al general Domínguez lo había alejado del propósito para el que había sido traído.
Sin embargo, lo peor aún estaba por suceder.
III. La traición y la sangre: 33 puñaladas para un amigo
El 2 de noviembre de 1870, una noticia estremeció a Tuxtla Gutiérrez: el Lic. Mariano Rodríguez Castillejos, el hombre que había traído a Quirino Flores a la ciudad con la esperanza de cambiar su destino, había sido asesinado.
Pero no fue un crimen cualquiera. Fue una ejecución brutal, una traición fría y premeditada.
El Dr. Flores, su antiguo amigo, lo llevó con engaños a un sitio apartado, donde lo esperaban los verdugos. Ahí, sin posibilidad de defensa, le fueron asestadas 33 puñaladas. No se trató de un asesinato impulsivo ni de un robo que salió mal: fue un acto deliberado, una sentencia dictada desde las sombras del poder.
El pueblo estalló en ira. La indignación corrió como fuego sobre pólvora. Se exigió justicia. Se pidió a gritos el encarcelamiento del médico convertido en asesino. Pero el grupo en el poder lo protegió, y en lugar de enfrentar un castigo, se le facilitó la huida. Antes de que pudiera ser atrapado, el Dr. Quirino Flores desapareció de Tuxtla y reapareció en Huimanguillo, Tabasco, donde continuó ejerciendo la medicina como si nada hubiera ocurrido.
La traición quedó impune.
Pero, aunque la justicia terrenal no alcanzó al envenenador, su crimen dejó una marca indeleble en la historia del pueblo. Y, sobre todo, dejó una huella profunda en un hombre que años después cambiaría el destino de la medicina en Tuxtla Gutiérrez.
IV. El regreso del médico y la redención de un apellido
Aquel asesinato no solo conmocionó al pueblo, sino que tocó profundamente a alguien que tenía un lazo directo con la víctima: el Dr. Domingo Chanona Rodríguez.
Él era sobrino del Lic. Mariano Rodríguez, hijo de su hermana. Fue él quien, con el rigor de la ciencia y la frialdad del deber, constató la magnitud del crimen. Examinó el cuerpo y contó cada una de las 33 heridas que habían segado la vida de su tío. Treinta y tres, un número que se grabaría en su memoria y en la historia del pueblo.
Tal vez fue ese episodio trágico lo que definió su destino. O quizás, ya desde antes, su vocación estaba marcada. Lo cierto es que el 21 de marzo de 1869, Domingo Chanona Rodríguez regresó a Tuxtla Gutiérrez con un propósito claro: convertirse en el médico que su pueblo necesitaba.
Así, mientras el nombre del Dr. Quirino Flores se hundía en la sombra de la traición, el del Dr. Domingo Chanona Rodríguez se alzaba como un símbolo de redención y servicio. Fue él quien asumió la responsabilidad de ser el segundo médico titulado en Tuxtla Gutiérrez, y con su trabajo, la medicina en el pueblo comenzó a desligarse de la superstición y de la política para convertirse, por fin, en una verdadera ciencia.
La historia de Tuxtla Gutiérrez no olvidó la traición de un médico, pero tampoco olvidó la entrega y el legado de otro.
Porque donde una vida fue segada con 33 puñaladas, otra se consagró a sanar.
JORGE A. CHANONA C. FUENTE: HISTORIA DE FAMILIA